miércoles, 12 de febrero de 2014

Rutina, eso a lo que llaman vida

Mi día comienza por la noche, cuando de verdad vivo. El resto solo me dejo llevar por la monotonía y por las obligaciones.
Me arrastro a la ducha y desconecto de todo y de todos, hago lo que de verdad quiero hacer y después, hago el intento de dormir sin pensar que hay un mañana. Solo soñar. A veces, por suerte, llueve y puedo dormir mejor. O no.
De repente, suena ese ruido que todos odiamos. El sonido del comienzo del, supuestamente, nuevo día. Ni nuevo día ni mierdas. Empieza lo de siempre. Te vistes o haces el intento, piensas en todas las cosas que te vienen hoy (malas), te arrastras, como siempre a dejar que el día pase.
Termina la media jornada. Como siempre, nada nuevo y todo malo.
¿Estoy bien o mal? ¿Soy feliz? No puedo responder, porque ni me aguanto ni tengo tiempo para hacerlo.
Llego, y de nuevo, la misma rutina de siempre. Pienso en lo que me gustaría hacer y no puedo; leer, escribir, estar con mi familia, mis amigos, salir, hacer deporte. Pero no debo; porque tengo que trabajarme el futuro, porque después lo agradeceré, porque ahora es el momento… ¿Y mi presente? ¿Cuándo disfruto de él? Contrariedades de la vida. Así es mi vida. Una contrariedad, en la que he llegado a sumergirme tanto que ni yo me misma me encuentro. Y para qué describir el resto del día, pienso, si siempre es lo mismo.



viernes, 7 de febrero de 2014

Belice

Se llevó largo rato junto al árbol que desde niña había visto crecer, como ella misma había crecido. Ambos se miraron y se dijeron al unísono entre el viento, lo mucho que habían cambiado. No pudo evitar sentarse, cansada del largo viaje que había hecho. Se miró a sí misma, preguntándose qué le había hecho coger el coche y huir a ninguna parte. Durante la huida, sólo podía pensar en el dolor que le habían hecho. Cada lágrima que caía era un cuchillo más entre sus costillas. Insignificantemente solo era capaz de hundirse entre el humo que se esfumaba del último cigarrillo, que se desprendía poco a poco con el viento de la ventana. Se comparaba tan bien con esa adicción. Ella era un cigarrillo que mientras que alguien inhalaba, era fuego; el resto del tiempo, solo sabía consumirse.
Lo odiaba tanto, y a la vez, le hacía sentir tan libre eso de huir. Era la manera de evaporarse entre la multitud desconocida que le rodeaba cada día, era la manera de escaparse de sí misma.
Mientras que observaba a los pájaros volar en forma de V, pensó en maletas, viajes, nueva casa, nueva ciudad, nuevos libros que le acompañaran. Una nueva vida en la que nada le pudiera recordar lo que había hecho mal y lo que no. Entonces fue, cuando al ver la pequeña casa dónde había crecido, recordó aquellos momentos en los que una herida le dolía menos que cuando una lágrima de su madre caía y decía, que era una mota de polvo. En aquel entonces, no entendía qué era lo que le pasaba.
Ahora, muchos años después, entendió que esas motas de polvo se reducían a una palabra: Amor. Las cicatrices dolían, a veces intentaban abrirse en el silencio del viento y el árbol. Fue en ese momento cuando se dijo a si misma que no servía de nada escapar, ya que de quien pretendía huir siempre seguiría dentro de ella. Comprendió, que de nada servía volver al pasado, a su niñez, tenía que aceptar el amor ya fuese doloroso o no. Pero cuanto le dolía, pensaba.
Miró las hojas caer por el viento incesante, en uno de los atardeceres más bonitos que había visto. Por última vez echo una vista atrás, sin dolor, sólo recuerdos. Decidió por eso, un pacto entre la niña pequeña que corría despreocupada y ella, dejando allí sus cicatrices y el dolor. Dejando las lágrimas que antes le dolían, olvidando, perdonando; reviviendo de nuevo en el mismo sitio donde la habían visto nacer.


Un día me iré, me iré de verdad.
No sé si me ves, del todo capaz.
De cambiar, nombre y edad, y si me encuentras decirte:
“¿De quién me estás hablando?”

¿De qué me sirve salir de esta inmensa ciudad,
si de quien pretendo huir, seguirá dentro de mí, y eres tú?



miércoles, 5 de febrero de 2014

Reivindicaciones utópicas

La monotonía la acompañaba otra vez,
Tenía puesto su mejor vestido y tacones,
Se sentó y dijo buenos días con la mejor
De las sonrisas que podía tener.
Pasaba desapercibida, como siempre
Pero no se afligió.
Continuó escuchando a especiales
Y desconocidos acompañantes,
Mostrando interés.
Las grietas de los años le pesaban,
Su carmín preferido ya no le hacía sentir
Lo mismo que cuando antes, le besaba.

De repente, una persona de la sala interrumpe
El silencio monótono que producía el aliento a café
Y perfumes baratos,
Con aire de mostrarse arrepentido
De la pérdida.
De la pérdida que se producía constantemente en las mentes
De ellos, y de ella.
De las vidas que el tiempo había malgastado.
Su voz se alzó, con agudeza al principio
Pero seguridad al final.
Puede que no la escucharan, pero hizo el intento
Que nadie se atrevió a hacer.
Cantó, lo que durante años, había creído
Ignorar.
Escupió, aquello que un día creyó ser
De buena fe.
Gritó su vida en minutos, intentando auto convencerse
Con timidez, que lo que estaba haciendo, estaba bien.
Pensó, entonces
Que no podía dejar que sus pensamientos judiciales
Pusieran límites a su vida.
Volvió a mirarlos a todos, ahora con desprecio
Por creerse felices, pájaros
Cuyas alas estaban cortadas
En una jaula que llamaban felicidad.
Dio sus últimos pasos antes de cerrar la puerta,
Con fuerza, esa fuerza que dice más
Que todo lo que había gritado antes.
Se dirigió, al fin, a alcanzar la vida que creía tener;
Tren que ya había pasado antes tanto, y había ignorado.

Volvió entonces, con el sonido del bolígrafo
Cayendo al suelo
Como su misma vida había caído.
Volviendo a la sala, con esos desconocidos
Los cafés,
Los papeles, esos malditos papeles
Volvió entonces, la chica tímida y sonrojada

Que por un momento, creyó haber estado en un mundo mejor.

domingo, 19 de enero de 2014

A la lluvia

Se avecina una tormenta. Se escuchan truenos, y después...silencio. Y ahora quién se preocupa de ellas. Que desde que nacen ya tienen un final.
En los cielos grises se originan, buscando un lugar dónde caer, después de un viaje sin destino alguno. Amontonadas y sin previo aviso se embarcan juntas , una a una.
Pequeñas gotas, esfericas y brillantes, tan perfectas que a su vez su propio lugar de nacimiento es fruto del dolor y sufrimiento. Su cielo gris las ha echado.
Y ahora que no tienen dónde cobijarse buscan las mejillas de la madre tierra, sobre el suelo, ahora mojado. Pobres lágrimas del cielo, que nadie se preocupa por ellas.
Sin embargo, siempre hay una luz al fondo del pasillo, y sale el esperado sol. Acompañado del colorido arco iris, despeja la ventisca y vuelve el silencio.

No, no estoy hablando de cuando llueve.

La casa

Los años que nos pesan y el pasado
La casa vacía de tu olor roto
El llanto de la madrugada, solo
Ahora mi alrededor, desolado.

Tú, que desde que no estás a mi lado
La casa llora tu risa y alboroto
Y yo, que desvanezco sin piloto
Con el corazón evaporizado.

Me dijeron que cuando alguien perece
La vida deja de tener sentido.
Yo digo, que ya mi alma adormece

Que de nosotros mismos, hemos huido. 
La verdad, la cicatriz escuece
Y lo gracioso es, que sólo te has ido.